
También una bocanada de aire fresco recorre América Latina entre tanto trumpismo rancio y algorítmico, de redes cloacales más que sociales, donde el PT también dio su batalla cultural entre la primera vuelta y el balotaje. La remontada del histórico dirigente del PT se produjo y derrotó a Flavio Bolsonaro, como lo había hecho con su padre cuatro años antes. Pero su rival pidió la anulación de las elecciones. “Es imposible reconocer el resultado”. La página de la Justicia Electoral colocó una inscripción con los comicios resueltos: “Elección definida matemáticamente”. Faltaba todavía poco más del 3 por ciento de las urnas por escrutar. Los números casi cerrados eran 64.136.514 votos contra 59.767.869 de su rival. Una diferencia de 4.368.645 sufragios. En porcentajes: 51,70 por ciento contra 48,22 %. Con la voz tomada, Lula dijo sus primeras palabras: “Tenemos el menor número de abstenciones y voto nulo en la historia del país y tengo que agradecer a la militancia y al pueblo brasileño por su generosidad. A la generosidad de la juventud para defender la democracia”. Y agregó, de forma contundente: “Esta elección fue una derrota del negacionismo”. Además, dijo que “tuvimos que vencer la intromisión extranjera”, en relación a la denuncia del PT sobre el favoritismo de Meta por la extrema derecha. La fuerza de la movilización, de los ciudadanos de a pie, transversal y no ceñida a un sector social determinado, lo hizo posible. El oficialismo ganó por paliza en el Nordeste, pero también en Minas Gerais, en el centroeste del país, donde el perdedor había cerrado su campaña e incluso derrotado a Lula en el primer turno. Un estado clave porque se trata del segundo más poblado con algo más de 21 millones de habitantes, pero lejos de San Pablo que casi posee la misma población de Argentina. La victoria de Lula, con más luz que la estimada en los sondeos previos, en encuestas que mayoritariamente incluso siempre lo dieron por debajo, también fue letal para la credibilidad de ciertos consultores que indujeron el voto hacia la oposición de ultraderecha. El presidente argentino Javier Milei deberá desandar el camino del agravio, de una motosierra que empezó a quedarse sin filo y que la tijera de su amigo Bolsonaro intentó emular con su política de recorte al presupuesto social, o al estilo de estado destruido desde adentro. Con el triunfo del PT, es el Brasil movilizado que abre una ventana de ilusión a los países vecinos y que detiene el ímpetu de las usinas reaccionarias. Las de Milei, De la Espriella en Colombia, Bukele en El Salvador y, por supuesto, Trump y su secretario de Estado Marco Rubio

